¿Qué hacer?
IV. El primitivismo en el trabajo de los economistas y la organización de los revolucionarios
f. El trabajo a escala local y a escala nacional
Si las objeciones que se hacen al plan de organización que aquí exponemos, reprochándole su falta de democracia y su carácter conspirativo, carecen totalmente de fundamento, queda todavía pendiente una cuestión que se plantea muchas veces y merece detenido examen: se trata de la relación existente entre el trabajo local y el trabajo a escala nacional. Se expresa el temor de que, al crearse una organización centralista, el centro de gravedad pase del primer trabajo, al segundo, el temor de que esto perjudique al movimiento, debilite la solidez de los vínculos que nos unen con la masa obrera, y, en general, la estabilidad de la agitación local. Contestaremos que nuestro movimiento se resiente durante estos últimos años precisamente de que los militantes locales estén demasiado absorbidos pro el trabajo local; que por esta razón es necesario desplazar algo, sin el menor género de dudas, el centro de la gravedad hacia el trabajo en plano nacional; que, lejos de debilitar, este desplazamiento dará, por el contrario, mayor solidez a nuestros vínculos y mayor estabilidad a nuestra agitación local. Examinemos la cuestión del órgano central y de los órganos locales, rogando al lector que no olvide que la prensa no es para nosotros sino un ejemplo ilustrativo de la labor revolucionaria y que, en general, es infinitamente más amplia y más variada.
En el primer período del movimiento de masas (1896-1898), los militantes locales intentan publicar un órgano destinado a toda Rusia: Rabóchaya Gazeta; en el período siguiente (1898-1900), el movimiento da un gigantesco paso adelante, pero los órganos locales absorben totalmente la atención de los dirigentes. Si se hace un recuento de todos esos órganos locales, resultará* por término medio un número al mes. ¿No es esto una prueba evidente del primitivismo de nuestros métodos de trabajo? ¿No demuestra eso de manera fehaciente el atraso que nuestra organización revolucionaria lleva del avance espontáneo del movimiento? Si se hubiera publicado la misma cantidad de números de periódicos por una organización única, y no por grupos locales dispersos, no sólo habríamos ahorrado una inmensidad de fuerzas, sino asegurado a nuestro trabajo infinitamente más estabilidad y continuidad. Olvidan con demasiada frecuencia este sencillo razonamiento tanto los militantes dedicados a las labores prácticas, que trabajan activamente de manera casi exclusiva en los órganos locales (por desgracia, en la inmensa mayoría de los casos, la situación no ha cambiado), como los publicistas que muestran en esta cuestión asombroso quijotismo. El militante dedicado al trabajo práctico suele darse por satisfecho con el razonamiento de que a los militantes locales "les es difícil"** ocuparse de la publicación de un periódico central para toda Rusia y que mejor es tener periódicos locales que no tener ninguno. Esto último es, desde luego, muy cierto, y ningún militante dedicado al trabajo práctico reconocerá antes que nosotros la gran importancia y la gran utilidad de los periódicos locales en general. Pero no se trata de esto, sino de ver si es posible librarse del fraccionamiento y del primitivismo en el trabajo tan palmariamente reflejados en los treinta números de periódicos locales publicados por toda Rusia en dos años y medio. No se constriñan al principio indiscutible, pero demasiado abstracto, de la utilidad de los periódicos locales en general; tengan, además, el valor de reconocer francamente sus lados negativos, puestos de manifiesto en dos años y medio de experiencia. Esta experiencia demuestra que, en nuestras condiciones, los periódicos locales resultan en la mayoría de los casos vacilantes en los principios y faltos de importancia política; en cuanto al consumo de energías revolucionarias, resultan demasiado costosos, e insatisfactorios por completo, desde le punto de vista técnico (me refiero, claro está, no a la técnica tipográfica, sino a la frecuencia y regularidad de la publicación). Y todos los defectos indicados no son obra de la casualidad, sino consecuencia inevitable del fraccionamiento que, por una parte, explica el predominio de los periódicos locales en el período que examinamos, y, por otra parte, encuentra un apoyo en ese predominio. Una organización local, por sí sola, no está realmente en condiciones de asegurar la firmeza de principios de su periódico ni de colocarlo a la altura de órgano político, no está en condiciones de reunir y utilizar datos suficientes para escribir de toda nuestra vida política. Y, en cuanto al argumento que ordinariamente se esgrime en los países libres para justificar la necesidad de numerosos periódicos locales –que son baratos, porque los confeccionan obreros locales, y pueden ofrecer una información mejor y más rápida a la población local-, la experiencia ha demostrado que, en nuestro país, se vuelve contra dichos periódicos. Estos resultan demasiado costosos en lo que al consumo de energías revolucionarias se refiere; y son publicados muy de tarde en tarde por la sencilla razón de que un periódico ilegal, por pequeño que sea, precisa un inmenso mecanismo clandestino de imprenta, que requiere la existencia de una gran industria fabril, pues en un taller de artesanos no es posible montar semejante mecanismo. Mas cuando éste es primitivo, la policía aprovecha muchas veces (todo militante dedicado al trabajo práctico conoce numerosos ejemplos de este género) la aparición y difusión de uno o dos números para hacer una redada masiva, que lo barre todo tan bien que es preciso volver a empezar de nuevo. Un buen mecanismo clandestino de imprenta exige una buena preparación profesional de los revolucionarios y la más consecuente división del trabajo, y estas dos condiciones son de todo punto irrealizables en una organización local aislada, por mucha fuerza que reúna en un momento dado. No hablemos ya de los intereses generales de todo nuestro movimiento (una educación socialista y política de los obreros basada en principios firmes); también los intereses locales específicos quedan mejor atendidos por órganos no locales. Sólo a primera vista puede parecer esto una paradoja; en realidad, la experiencia de los dos años y medio de que hemos hablado lo demuestra de manera irrefutable. Todo el mundo convendrá en que si las fuerzas locales que han publicado treinta números de periódicos hubieran trabajado para un solo periódico, habrían publicado sin dificultad sesenta números, si no cien, y, por consiguiente, se habrían reflejado de un modo más completo las particularidades del movimiento puramente local. No cabe duda de que no es fácil conseguir esta coordinación; pero hace falta que, al fin, reconozcamos su necesidad; que cada círculo local piense y trabaje activamente en ese sentido sin esperar el empujón de fuera, sin dejarse seducir por la accesibilidad y la proximidad de un órgano loca, proximidad que –según lo prueba nuestra experiencia revolucionaria – es, buena parte, ilusoria.
* Véase el Informe presentado al Congreso de parís (81), pág. 14: "Desde entonces (1897) hasta la primavera de 1900 fueron publicados en diversos puntos treinta números de varios periódicos… Por término medio, aparecería más de un número al mes".
** Esta dificultad es sólo aparente. En realidad, no hay círculo local que no pueda asumir con energía una u otra función del trabajo a escala nacional. "No digas que no puedes, sino que no quieres".
Y prestan un flaco servicio al trabajo práctico los publicistas que, considerándose muy próximos a los militantes prácticos, no se dan cuenta de este carácter ilusorio y salen del paso con un razonamiento de simpleza tan extraordinaria como de vacuidad tan asombrosa: hacen falta periódicos locales, hacen falta periódicos comarcales, hacen falta periódicos centrales para toda Rusia. Es natural que, hablando en términos generales, todo esto haga falta, pero también hace falta, cuando se aborda un problema concreto de organización, pensar en las condiciones de medio y tiempo. ¿No es, en efecto, un caso de quijotismo cuando Svoboda (núm. 1, pág. 68), "deteniéndose" específicamente "en el problema del periódico", escribe: "Nosotros creemos que en todo lugar algo considerable de concentración de obreros debe haber periódico obrero propio. No traído de fuera, sino justamente propio". Si este publicista no quiere pensar en el sentido de sus palabras, piense usted al menos por él, lector: ¡cuántas decenas, si no centenares de "lugares algo considerables de concentración de obreros" hay en Rusia, y qué perpetuación de nuestro primitivismo en el trabajo resultará si cada organización local se pusiera efectivamente a publicar su propio periódico! ¡Cómo facilitaría este fraccionamiento a nuestros gendarmes la tarea de capturar –y, además, sin hacer esfuerzos "algo considerables" – a los militantes locales, desde el comienzo mismo de su actuación, antes de haber podido llegar a ser verdaderos revolucionarios! En un periódico central para toda Rusia – continúa el autor- no interesarían mucho las narraciones de los manejos de los fabricantes "y de los pormenores de poca monta de la vida fabril en diversas ciudades que no son la suya", pero "al orlense no le aburrirá leer lo que sucede en Oriol. Sabe siempre con quién se han "metido", a quién "se le da para el pelo" y a él le baila el ojo" (pág.. 69). Sí, sí, al orlense le baila el ojo, pero a nuestro publicista también "le baila" demasiado la imaginación. En lo que éste debiera pensar es en si se muestra tacto al defender la mezquindad de esfuerzos. No cederemos a nadie la palma en reconocer cuán necesario e importante es denunciar los abusos que se cometen en las fábricas, pero hay que recordar que hemos llegado ya a un momento en que a los vecinos de San Petersburgo les aburre leer las cartas petersburguesas del periódico petersburgués Rabóchaya Mysl. Para denunciar los abusos que se cometen en las fábricas locales hemos tenido siempre, y debemos seguir teniendo siempre las hojas volantes; pero el periódico hay que elevarlo, y no rebajarlo al nivel de hojas volantes de fábrica. Para un "periódico" necesitamos denuncias no tanto de "pequeñeces", como de los grandes defectos típicos de la vida fabril, denuncias hechas con ejemplos de singular realce y, pro lo mismo, capaces de interesar a todos los obreros y a todos los dirigentes del movimiento, capaces de enriquecer efectivamente sus conocimientos, ensanchar su horizonte, dar comienzo al despertar de un distrito más, de un nuevo sector profesional de obreros.
"Además, en un periódico local, los manejos de la administración de la fábrica o de otras autoridades pueden recogerse en seguida, aún recientes. Y mientras la noticia llega a un periódico central, lejano, en el punto de origen ya se habrá olvidado lo sucedido: "¿Cuándo habrá ocurrido eso?; ¡cualquiera lo recuerda!"" (loc. cit.). en efecto, ¡cualquiera lo recuerda! Los treinta números publicados en dos años y medio corresponden, según hemos visto en la misma fuente, a seis ciudades. De modo que a cada ciudad corresponde, por término medio, ¡un número de periódico por medio año! E incluso si nuestro insubstancial publicista triplica en su hipótesis el rendimiento del trabajo local (cosa que sería indudablemente inexacta con relación a una ciudad media, porque es imposible aumentar considerablemente el rendimiento sin salir del primitivismo en el trabajo), no recibiríamos, sin embargo, a más de un número cada dos meses, es decir, una situación que en nada se parece a "recoger las noticias aún recientes". Pero bastaría con que se unieran diez organizaciones locales e invistieran de funciones activas a sus delgados con el fin de montar un periódico central que entonces pudieran "recogerse" por toda Rusia no pequeñeces, sino escándalos notables y típicos en realidad, y esto cada dos semanas. Nadie que sepa en qué situación se encuentran nuestras organizaciones lo dudará. Y en cuanto a lo de pillar al enemigo con las manos en la masa, si se toma esto en serio y no se habla por hablar, un periódico clandestino no puede, en general, ni pensar en ello: esto puede hacerlo sólo una hoja volante, porque el plazo máximo para sorprender así al enemigo no pasa, en la mayoría de los casos, de uno o dos días (tomen, por ejemplo, el caso de una huelga breve corriente, de atropellos en una fábrica o de una manifestación etc.).
"El obrero no sólo vive en la fábrica, sino en la ciudad también", continúa nuestro autor, pasando de lo particular a lo general con una consecuencia tan rigurosa que honraría al mismo Borís Krichevski. Y señala los problemas de las dumas, hospitales y escuelas de las ciudades, exigiendo que el periódico obrero no calle los asuntos urbanos en general. La exigencia es de por sí magnífica, pero ilustra con particular evidencia la abstracta vacuidad a que se limitan con demasiado frecuencia las disquisiciones sobre los periódicos locales. Primero, si en "todo lugar algo considerable de concentración de obreros" se publicaran en efecto periódicos con una sección urbana tan detallada como quiere Svoboda, dadas nuestras condiciones rusas, la cosa degeneraría inevitablemente en verdadera cicatería, conduciría a debilitar la conciencia de lo importante que es un empuje revolucionario general en toda Rusia contra la autocracia zarista y reforzaría los brotes, muy vivaces y más bien ocultos o reprimidos que arrancados de raíz, de una tendencia que ya ha adquirido fama por la célebre máxima sobre los revolucionarios que hablar demasiado del parlamento inexistente y muy poco de las dumas urbanas existentes. Y hemos dicho "inevitablemente", subrayando así que no es esto, sino lo contrario, lo que Svoboda quiere a sabiendas. Pero no basta con las buenas intenciones. Para que la labor de esclarecimiento de los asuntos urbanos quede organizada con la orientación debida respecto a todo nuestro trabajo, hay que empezar por elaborar totalmente y dejar sentada con firmeza esa orientación, y no sólo mediante razonamientos, sino mediante una inmensidad de ejemplos, para que adquiera ya la solidez de tradición. Esto es lo que estamos muy lejos de tener y pro esto precisamente hay que empezar antes de que se pueda pensar en una vasta prensa local y hablar de ella.
Segundo, para escribir bien y de un modo interesante de verdad sobre asuntos locales, hay que conocerlos bien, y no sólo por los libros. Pero en toda Rusia apenas hay socialdemócratas que posean este conocimiento. Para escribir en un periódico (y no en folletos de divulgación) sobre asuntos locales y estatales hay que disponer de datos frescos, variados, recogidos y elaborados por una persona entendida. Y para recoger y elaborar tales datos no basta la "democracia primitiva" de un círculo primitivo, en el que todos hacen de todo y se divierten jugando al referéndum. Para eso hace falta una plana mayor de autores especializados, de corresponsales especializados, un ejército de reporteros socialdemócratas, que entablen relaciones en todas partes, que sepan penetrar en todos los "secretos de Estado" (con los que tanto presume y que con tanta facilidad revela el funcionario ruso) y meterse entre todos los "bastidores"; un ejército de hombres obligados "por su cargo" a ser ubicuos y omniscios. Y nosotros, partido de lucha contra toda opresión económica, política, social y nacional, podemos y debemos encontrar, reunir, formar, movilizar y poner en campaña un ejército así de hombres omnisapientes, ¡pero eso está todavía por hacer! Ahora bien, nosotros no sólo no hemos dado aún,, en la inmensa mayoría de los lugares, ni un paso en esa dirección, sino que a menudo ni siquiera existe la conciencia de la necesidad de hacerlo. Búsquense en nuestra pensa socialdemócrata artículos vivos e interesantes, crónicas y denuncias sobre nuestros asuntos y asuntillos diplomáticos, militares, eclesiásticos, urbanos, financieros, etc., etc.: se encontrará muy poco o casi nada*. ¡Por eso "me enfado terriblemente siempre que viene alguien y me ensarta una retahíla de lindezas y preciosidades" sobre la necesidad de periódicos "en todo lugar algo considerable de concentración de obreros" que denuncien las arbitrariedades tanto en la administración fabril como en la pública local y nacional!
* Por esta razón, incluso el ejemplo de los órganos locales de excepcional valía confirma totalmente nuestro punto de vista. Por ejemplo, Yuzhni Rabochi (82) es un excelente periódico, al que no se puede acusar de falta de firmeza en los principios. Pero como sale rara vez, y las redadas son muy frecuentes, no ha podido dar al movimiento local todo lo que pretendía. Lo más apremiante para el partido en estos momentos –plantear con firmeza de principios los problemas fundamentales del movimiento y desplegar una agitación política en todos los sentidos – ha sido superior a las fuerzas de ese órgano local. Lo muy bueno que ha dado, como los artículos sobre el congreso de los industriales mineros, sobre el paro, etc., no era de carácter estrictamente local, sino necesario para toda Rusia, y no sólo para el Sur. Artículos como ésos no los ha habido en toda nuestra prensa socialdemócrata.
El predomino de la prensa local sobre la central es síntoma de penuria o de lujo. De penuria, cuando el movimiento no ha cobrado todavía fuerzas para un trabajo a gran escala, cuando aún vegeta en medio del primitivismo y casi se ahoga "en las pequeñeces de la vida fabril". De lujo, cuando el movimiento ha podido ya plenamente con la tarea de las denuncias en todos los sentidos y de la agitación en todos los sentidos, de modo que, además del órgano central, se hacen necesarios numerosos órganos locales. Decida cada cual por sí mismo qué es lo que prueba el predominio que hoy tienen los periódicos locales entre nosotros. Por mi parte, me limitaré a formular con exactitud mi conclusión par ano dar pie a malentendidos. Hasta ahora, la mayoría de nuestras organizaciones locales piensan casi exclusivamente en órganos locales y trabajan de un modo activo casi exclusivamente para ellos. Esto no es normal. Debe suceder lo contrario, que la mayoría de las organizaciones locales pense sobre todo en un órgano central para toda Rusia y trabaje principalmente para él. Mientras no ocurra sí, no podremos publicar ni un solo periódico que sea por lo menos capaz de proporcionar realmente al movimiento una agitación en todos los sentidos en la prensa. Y cuando esto se así, se entablarán por sí solas unas relaciones normales entre el órgano central necesario y los órganos locales necesarios.
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A primera vista, la conclusión de que se precisa desplazar el centro de gravedad del trabajo local al trabajo a escala de toda Rusia puede parecer inaplicable al terreno de la lucha económica especial: el enemigo directo de los obreros es en este caso un patrono determinado o un grupo de patronos no ligados entre sí por una organización que recuerde, aunque sea remotamente, una organización puramente militar, rigurosamente centralista, dirigida hasta en los detalles más pequeños por una voluntad única, como es la organización del gobierno ruso, nuestro enemigo directo en la lucha política.
Pero no es así. La lucha económica –lo hemos dicho ya muchas veces- es una lucha sindical, y por ello exige que los obreros se unan por oficios, y no sólo por el lugar de trabajo. Y la necesidad de esta unión profesional se hace tanto más imperiosa cuanto mayor es la rapidez con que avanza la unión de nuestros patronos en toda clase de sociedades y corporaciones. Nuestra dispersión y nuestros métodos primitivos de trabajo obstaculizan directamente esta unión, que exige una organización de revolucionarios única para toda Rusia y capaz de encargarse de dirigir sindicatos obreros a escala de todo el país. Ya hemos hablado antes del tipo de organización deseable con este objeto, y ahora añadiremos sólo unas palabras en relación con el problema de nuestra prensa.
No creo que nadie dude de que todo periódico socialdemócrata deba tener una sección dedicada a la lucha sindical (económica). Pero el crecimiento del movimiento sindical nos obliga a pensar también en una prensa sindical. Creemos, sin embargo, que en Rusia todavía no se puede ni hablar, salvo raras excepciones, de periódicos sindicales: son un lujo, y nosotros carecemos muchas veces hasta del pan de cada día. La forma de prensa sindical adecuada a las condiciones de trabajo clandestino, y ya ahora imprescindible, tendría que ser entre nosotros la de folletos sindicales. En ellos deberían recogerse y agruparse sistemáticamente datos legales* e ilegales las condiciones de trabajo en cada oficio, sobre las diferencias que en este sentido existen entre los diversos puntos de Rusia, sobre las principales reivindicaciones de los obreros de una profesión determinada, sobre las deficiencias de la legislación concerniente a ella, sobre los casos notables de la lucha económica de los obreros de este gremio, sobre los gérmenes, la situación actual y las necesidades de su organización sindical, etc. Estos folletos, primero, librarían a nuestra prensa socialdemócrata de una inmensidad de pormenores sindicales que sólo interesan especialmente a los obreros de este oficio. Segundo, fijarían los resultados de nuestra experiencia en la lucha sindical, conservarían los datos recogidos, que ahora se pierden literalmente en el cúmulo de hojas y crónicas sueltas, y los sintetizarían. Tercero, podrían servir de algo así como guía para los agitadores, ya que las condiciones de trabajo varían con relativa lentitud, las reivindicaciones fundamentales de los obreros de un oficio determinado son extraordinariamente estables (compárense las reivindicaciones de los tejedores de la región de Moscú, en 1885 (84) y de la región de San Petersburgo, en 1896) (85) y un resumen de setas reivindicaciones y necesidades podría servir durante años enteros de manual excelente para la agitación económica en localidades atrasadas o entre capas atrasadas de obreros; ejemplos de huelgas que hayan tenido éxito en una región, datos sobre un nivel de vida más elevado y sobre mejores condiciones de trabajo en una localidad estimularían también a los obreros de otros lugares a nuevas y nuevas luchas. Cuarto, tomando la iniciativa de sintetizar la lucha sindical y reforzando de este modo los vínculos del movimiento sindical ruso con el socialismo, la socialdemocracia se preocuparía al mismo tiempo de que nuestro trabajo tradeunionista no ocupara un puesto ni demasiado reducido ni demasiado grande en el conjunto de nuestro trabajo socialdemócrata. A una organización local que esté apartada de las organizaciones de otras ciudades le es muy difícil, a veces casi imposible, mantener en este sentido una proporción adecuada (y el ejemplo de Rabocháya Mysl demuestra a qué punto de monstruosa exageración de carácter tradeunionista puede llegarse en tal caso). Pero a una organización de revolucionarios a escala de toda Rusia que sustente con firmeza el punto de vista del marxismo, que dirija toda la lucha política y disponga de una plana mayor de agitadores profesionales, jamás le será difícil determinar acertadamente esa proporción.
* Los datos legales tienen especial importancia en este sentido, y estamos particularmente atrasados en lo que se refiere a saber recogerlos y utilizarlos sistemáticamente. No será exagerado decir que solo con datos legales puede llegar a confeccionarse más o menos un folleto sindical, mientras que es imposible hacerlo con datos ilegales nada más. Recogiendo entre los obreros datos ilegales sobre problemas como los que ha tratado Rabóchaya Mysl (83), derrocharemos en vano una inmensidad de fuerzas de un revolucionario (al que fácilmente puede sustituir en este trabajo un militante legal) y, a pesar de todo, no obtenemos nunca buenos datos, porque los obreros, que generalmente sólo conocen una sección de una gran fábrica y que casi siempre sólo conocen los resultados económicos, pero no las normas ni las condiciones generales de su trabajo, no pueden adquirir los conocimientos que suelen tener los empleados, inspectores, médicos fabriles, etc., y que están profusamente diseminados en crónicas periodísticas y publicaciones especiales de carácter industrial, sanitario, de los zemstvos, etc.
Recuerdo como si fuera ahora mismo mi "primer experimento", que no me dejó gana de repetirlo nunca. Me entretuve durante muchas semanas en interrogar "con apasionamiento" a un obrero que venía a verme sobre todos los detalles de la vida en la enorme fábrica donde él trabajaba. Verdad es que, aun con grandísimas dificultades, conseguí más o menos componer la descripción (¡sólo de una fábrica!), pero sucedía que el obrero, limpiándose el sudor, decía con una sonrisa al final de nuestro trabajo: "¡Me cuesta menos trabajar horas extra que contestarle a sus preguntas!"
Cuanto más energía pongamos en la lucha revolucionaria tanto más obligado se verá el gobierno a legalizar una parte de la labor "sindical", desembarazándonos así de parte de la carga que pesa sobre nosotros.